Las grandes trasformaciones sociales se logran con amor, pasión y conocimiento.

El recuerdo de lo que fue mi vida en la escuela y en la Barranquilla de los años ochenta me llegó hace pocos días: mirando las redes sociales, me enteré que Albert Einstein volvió a ser noticia por una afirmación que hizo hace casi cien años.

Me alegré mucho por la ciencia y aún más por Einstein, de quien sé que de niño sufrió graves problemas para hablar. Inclusive, algunos de sus compañeros de escuela y maestros lo calificaban, hirientemente, como un “retardado”.

Su hermana dijo que cada vez que él tenía algo que decir, primero lo ensayaba en voz baja y sólo cuando le sonaba lo bastante bien y coherente intentaba decirlo en voz alta. Su lento desarrollo y la incomprensión que halló en la escuela lo convirtieron en un niño rebelde, al punto que uno de sus maestros declaró que nunca lograría nada. Como para reírse ¿no?

De todas maneras, estoy segura de que Einstein no hubiera sido el más importante científico y pensador del siglo XX si no fuera por su familia. Sus padres se preocuparon tanto por él que llegaron a consultar un médico para ayudarlo con sus dificultades con el habla.

Una familia comprometida cambia vidas. Y así como la familia de Einsten logró sacar lo mejor de él, la mía, en especial mis padres y mi abuelo, Gabriel Abuchaibe, me ayudaron a superar el problema de dislexia que tenía de niña.

El cariño y amor de mi familia durante los años de escuela y colegio fueron los que fomentaron en mí la confianza que necesité para alcanzar mis sueños. Recuerdo la pasión y disciplina con la que me esforzaba a diario para mejorar mi ortografía y gramática. Recuerdo el amor y la fe con la que mis padres me apoyaron. Recuerdo una frase: cuando se tiene conocimiento, amor y pasión por lo que se hace, se pueden generar grandes trasformaciones sociales.

No sé en dónde la escuché por primera vez. Lo cierto es que fue en alguno de mis últimos años de colegio en Barranquilla, cuando realizaba mis cursos de alfabetización por las polvorientas calles de La Paz. Allí sentí angustia e impotencia ante la falta de oportunidades y desigualdad económica que existían en mi ciudad. Durante mi niñez y juventud transité varias veces con mi familia por el centro, tal vez sin tener plena conciencia de lo que sucedía.

Pero fue en ese barrio donde me di cuenta de las grandes necesidades que tenían los barranquilleros y que allí podía comenzar a cumplir mi sueño: darle mejores herramientas a la gente para que saliera adelante. Fue entonces cuando decidí estudiar Derecho.

Pensé que así podía ir a las cortes y defender a muchas personas. Pronto me di cuenta que lo que realmente quería era una Barranquilla más equitativa: darle los mismos privilegios que tuve –una familia unida, un buen colegio y mejores oportunidades de vida– a las nuevas generaciones de mi ciudad; eso es lo que siempre he querido dar desde que me gradué como alumna distinguida en la Universidad del Norte y regresé al país para asumir como directora de la Fundación Nu3 (2010); luego como Secretaria de Gestión Social (2012); Directora de Primera Infancia del ICBF (2014) y ahora como Secretaria de Educación de Barranquilla (2016).

Durante todos los años de preparación en mi Barranquilla comprobé que, como dicen los abuelos, “el que el persevera, alcanza”. Nunca dejé de perseverar. Siempre luché por demostrar que nada podría detenerme. Como hizo Einstein.

Imagino que él estaría de acuerdo conmigo cuando digo que, junto al conocimiento y la calidad académica, la compañía y la empatía sincera son los motores que mueven a la educación por la ruta de la calidad. ¡Y por esa calidad estamos trabajando con todo el corazón!