En un día cualquiera, Alex hace 100 paletas de frutos amazónicos, Juan fabrica artesanías con la fibra de la palma de ChiquiChiqui y Marta cultiva la Flor de Inírida y trabaja en la producción de bocadillos de arazá. Estos tres emprendedores no trabajan juntos, pero tienen algo en común: aprovechan la riqueza natural de la Amazonía para convertir a Guainía un ejemplo de productividad.

Paletas con sabor a Amazonía

Alexander Ramírez empezó su negocio como vendedor ambulante, iba puerta a puerta vendiendo helados por Inírida. Luego, entró a estudiar al SENA y ahí fue donde se le ocurrió la idea de crear un negocio de paletas hechas con frutos exóticos como copoazú, açaí o arazá, cultivados por indígenas de Guainía y Vichada. En noviembre de 2016, presentó su proyecto al Fondo Emprender, fue aprobado el mismo mes, y en mayo de 2017, arrancó Frutazónica. Ahora, genera seis empleos, sus paletas se encuentran en todo Inírida, y se alista para ir a Agroexpo en Bogotá.

De los curripacos para el mundo

En Inírida, 80% de la población es indígena y Juan Dagama hace parte de la comunidad de los curripacos. Desde los 10 años es artesano. Fabrica bolsos, manillas, aretes, floreros, sombreros y toda clase de decoración usando la fibra de la palma ChiquiChiqui y Moriche. Su arte se volvió el pan de cada día. Hace cinco años aprendió a hablar español y hace cuatro, empezó su emprendimiento Artesanías Dagama.

Juan es un ejemplo para su comunidad porque hizo de sus conocimientos ancestrales una oportunidad para mostrarle al mundo las tradiciones de Guainía. Fue elegido Emprendedor Cultural por la Asociación Colombiana de Agencias de Viaje y Turismo (Anato) y presentó sus productos en una feria en Bogotá. Colombianos y extranjeros se enamoraron de sus artesanías, y allí fue donde se dio cuenta que, para comunicarse con sus clientes era necesario aprender a hablar inglés. Su sueño es estudiar en una Escuela de Artes en Bogotá y aprender a tallar en madera y bronce.

Un emprendimiento que florece

Marta Toledo lleva 25 años viviendo en Inírida.  Cuando llegó a esta ciudad, la Flor de Inírida era parte del paisaje fuera de las zonas de resguardo natural, pero las personas arrancaban las flores y cada vez se fue haciendo más difícil encontrarla.  Como no se sabía cómo se sembraba esta flor, se dedicó a investigar y hacer ensayos de siembra. Cuando encontró el secreto, creó un cultivo fuera de los resguardos, y con ello fundó la ONG Ayakú.

El Aeropuerto de Inírida es el lugar donde Marta comercializa esta flor eterna, pues puede durar hasta 25 años cuando se seca. “La Flor de Inírida es algo que el país tiene que conocer, es una flor nativa y emblemática. Es una oportunidad de aprender a producir en el departamento y aportarle al país”, dice Marta.

Encontrar estas historias es lo que hace que siempre estemos motivados cuando trabajamos por las regiones del país. Hace unos días, firmamos un Pacto por Colombia en el que nos comprometimos con generar desarrollo sostenible en la Amazonía. Es una fortuna saber que en esta tarea estamos acompañados de gente talentosa que encuentra en la naturaleza la inspiración para crear. Hoy Guainía es un ejemplo de que no hay limitaciones cuando el sueño es emprender.